lunes, 30 de septiembre de 2013

Cap. 5: Una oportunidad para Thea II

-¿Cuándo se sabrán los resultados de los exámenes?-preguntó Thea, con un leve tono impaciente.
-Normalmente, tardan entre diez y quince días-repondió Aria.
La directora colocó sus manos sobre los hombros de su asistente.
-Saldrá bien, ya lo verás.-le aseguró.- Es un chico muy capaz. Se ve que es de familia.
-¿Puedo verlo de nuevo?
-No, pequeña, sería sospechoso. Ten paciencia- le pidió, mientras volvía a su oficina.

La muchacha se movía de un lado a otro de la habitación, ansiosa. Había llegado el Gran Día, y estaba tan nerviosa como estaba él. No sabía qué esperar. Se ordenó a sí misma un poco de calma, se dejó caer en la silla y agarró su taza de café con aire ausente. Últimamente, se estaba alterando por cualquier cosa, algo nada propio de ella. No era de extrañar, ya que estaba descubriendo cada vez más aspectos del sistema que la disgustaban profundamente. No recordaba la última vez que se había cuestionado tanto sobre algo.

-“… mi perro tiene más derechos que esos pobres hombres del Mercado…”- decía una mujer en la radio.
Thea se acercó al aparato para subir el volumen.
-…Realizan todas las tareas del hogar sin recibir un sueldo, ni vacaciones. Muchos de ellos con terriblemente maltratados y tirados a la basura, como mercadería defectuosa. ¿Qué nos pasa, mujeres?-la mujer hablaba con una pasión que conmovió a Thea.
-Dígame, Chiara, ¿se ha casado alguna vez?- le preguntó una mujer, con voz ronca, que sonaba aburrida.
-No, no estoy de acuerdo con las políticas del mercado.- respondió, horrorizada.- El amor no se compra…
-Ja, no sea infantil, señorita Freeman- la cortó otra, con voz chillona.- ¿Quién está hablando de amor? ¿No será que usted no cuenta con los recursos para permitírselo?
Risas generalizadas. A Thea, le dio asco la acotación.
-Mis ingresos no son relevantes en este debate, Tina.-se defendió Chiara.
-Si no se ha casado nunca, no tiene conocimientos que avalen su opinión, ¿no creen? La invito a probar convivir con un hombre, y sabrá de qué le hablo…- se rió la primera.
-Bueno, bueno- dijo la que parecía ser la conductora del programa.- Creo que nos estamos yendo para cualquier lado. Vamos con más música, y volveremos…

Thea deseó haber escuchado el programa desde el comienzo. Se asomó por la puerta entreabierta de la oficina de Aria. La mujer estaba tipeando en la computadora, totalmente absorta. La joven golpeó suavemente la puerta, para llamar su atención. Aria suspiró y se presionó los ojos con los dedos, visiblemente cansada. Esbozó una sonrisa.
-Dime.
-¿Conoces a Chiara Freeman? Acabo de oír parte de un debate en la radio…
-Sí, una mujer brillante. Lástima que no sepa callarse ciertas cosas.-hizo una mueca de disgusto.
-Pero, lo que dijo…
-¿Sobre el matrimonio?-levantó una ceja.
Thea asintió en silencio. De repente, se sentía muy tímida e incómoda.
-La sociedad no está preparada para ese discurso revolucionario, Thea. Es más, me sorprende que aún siga saliendo en los medios. No hace más que humillarse continuamente…
La chica bajó la cabeza, cada vez más mortificada.
-Escúchame, pequeña. Estoy de acuerdo con todo lo que ella dice, ¿sabes? Es sólo que me apena que se exponga de esa manera en cada programa que la convoca. No se da cuenta de que sólo se burlan de ella.
Thea la miró con el ceño fruncido.
- Chiara no es la primera, y ojalá no sea la última en defender los derechos de los hombres… Pero, no es momento aún de declararle la guerra al gobierno. No terminará nada bien.-su mirada se ensombreció y calló uno segundos.- Lo mejor que podemos hacer, por ahora, es alivianarle la existencia a los que podamos, en la privacidad del hogar. Salvo que quieras terminar en un lugar peor que el Basurero.
-¿Existe? – preguntó, escéptica.
-Por supuesto que sí.
Thea se dio la vuelta para volver a su escritorio.
-Thea…  Un consejo.
La hizo pararse en seco. La miró y vio su semblante triste.
-No le menciones a gente como tu madre lo que has escuchado.
Siguió su camino, indignada. No con su jefa, por supuesto, pero sí con el mundo en el que le tocaba vivir.

Tenía que irse. Era imposible que todo el mundo adhiriera a esa corriente de pensamiento. Quería ir a Centauria, para corroborar por sí misma los rumores de un país en el que existía la igualdad. Pero, antes, se compraría un marido. Sola no iría a ningún lado.