-Increíble...- contestó fascinado- ¿Me sacarás de aquí?
Le dolió que pusiera tantas esperanzas en ella, que no podía hacer nada.
-Eso sólo depende de ti.- le aclaró.- Debes aprobar ese examen. Si estuviera en mis manos, ya te hubiera sacado de aquí.
-Ah- bajó los hombros, desilusionado.
-Sé que puedes lograrlo.- lo alentó- He visto tus calificaciones. La directora cree que te irá muy bien.
-¿Sí?- arqueó una ceja-¿Desde cuándo le importamos a esa vieja arpía?
Ahora, era Thea la que estaba sorprendida.
-¿La conoces?
-No, pero es lo que todos pensamos.
-Pues, te equivocas. Gracias a ella, yo estoy aquí.
-Lo mismo digo.
-No es su culpa que te trajeran aquí. Esa fue mamá.
-Otra zorra...- sentenció con amargura.
"En eso no estás tan errado..."
-¿Te tratan mal aquí?
-No, de hecho lo pasamos bastante bien..
-¿Entonces?
- No somos libres...-contestó.- Sólo he salido de aquí para ir a exhibirme como un animal de feria. Quizás para ustedes sea normal, pero para nosotros no. Es muy duro estar encerrado, mientras ustedes corretean por los campos, como si nada las atara.
Apretó los puños con fuerza y miró fijamente el piso. Su indignación era similar a la de todos los alumnos de la Escuela.
¡Mujeres! ¿Qué se creen que son?
-Yo no soy una mascota, hermanita.- le dijo con odio.
-Por supuesto que no... Es un tema delicado. Yo también estoy en contra del sistema- le dijo- Pero no podemos hacer nada. No somos nadie.
Diógenes exhaló aire con frustración. Apoyó la frente en sus manos.
-No veo la hora de salir de aquí.
-Lo sé.
Le acarició la espalda, esperando que se tranquilizara. Luego, lo estrechó en un abrazo. Fue algo tan natural y a la vez tan extraño... Ambos se preguntaron qué hubiera pasado si no los hubieran separado...
Pasada la angustia, se pusieron a hablar de sus respectivas vidas. Dos horas después, golpearon suavemente la puerta.
-¿Quién es?- preguntó sin abrir.
-Jeff...
-Pasa.
Él entró y vio a Thea. La habitación estaba en orden y los dos se veían limpios. Le pareció de lo más extraño, con todo el tiempo que les había dado.
-¿Sigue aquí?
-Te presento a mi gemela, Jeff.
-¡Lo sabía!- exclamó, apuntando con un dedo acusador.
Thea garabateó su número de teléfono y su dirección en un papel. Se lo entregó a su hermano.
-Guárdalo. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme. Ah...-miró a ambos varones- Yo nunca entré a esta habitación y no soy más que una empleada, ¿comprendido? Sino, vayan planeando lo que harán cuando los envíen al Basurero.
-¿Y qué me dices de ti?- preguntó Diógenes.
-Veré cómo te envío una postal desde la cárcel...
----------
Ahora si.... Doy por concluido el capítulo 4. Espero que lo hayan disfrutado :)
Saludos!
viernes, 25 de enero de 2013
CAP. 4: Un regalo, una compensación VI
-¿Puedo cerrar la puerta?-preguntó Thea.
Recibió un leve asentimiento por única respuesta.
En cuanto hizo un click, a la chica se le vinieron encima todos los nervios. Mejor dicho, la aplastaron... Su corazón, hacía un segundo tranquilo, se desbocó. Sintió un poco mareada y se apoyó en la puerta. Diógenes, preocupado, se acercó a ella y la guió hasta la cama, haciéndola sentarse.
-¿Se encuentra bien, señorita...?
-Galathea- respondió sin mirarlo-, Thea para abreviar
-¿Y qué la ha traído hasta aquí.
Ella le entregó la carpeta con todos los papeles y repitió todo lo que le había dicho Rider. Primero, lo primero.
-De acuerdo.-dijo él- Gracias.
Los nervios habían remitido un poco. Sin embargo, ella no sabía cómo abordar el tema que realmente la había llevado hasta allí. Inconscientemente, tomó la mano de su hermano y la apretó suavemente. Él la miró interrogante, con cara de póker(después de todo, quizás si fuera como Caroline y le solicitaría sus servicios). Thea no se atrevía a mirarlo, entonces él le giró el rostro para verle mejor la cara. "Es bastante tímida", pensó, "Podría avanzar yo...". Entonces, su hermana le apartó la mano, dejándolo confundido. "Nunca saben lo que quieren...". Frunció el ceño mentalmente.
-¿Te sientes bien?
"¿Qué diablos te pasa, mujer?". Cuando ella por fin levantó la vista(aunque seguía rehuyendo a su mirada) se dio cuenta de que ella no quería seguir por el lado que él creía. Se veía que estaba abrumada por algo. "Y yo, ¿qué tengo que ver?".
-¿Thea?
-Estoy bien, Diógenes.- le respondió.
Respiró hondo y, por fin, lo miró a los ojos. Sonrió con ternura, mezclada con tristeza, pero así y todo brillaba de felicidad.
-De hecho, estoy feliz de estar aquí... ¿Sabes quién soy?
-¿La secretaria de Rider?- aventuró, rascándose la cabeza. No sabía qué esperaba de él.
-En realidad, no, aunque trabajo aquí.- sonrió ampliamente- Además, de eso... ¿No notas nada que te llame la atención?
-Eh...
-Para ser tan inteligente, la verdad es que dejas mucho que desear.- le recriminó, juguetona- ¿Algún parecido? ¿No te suena mi cara de algún lado?
-Quizás...- la miró resentido, no le gustaba que se burlaran de él.
-Pues yo te veo cada vez que me miro al espejo- se rió al verle la cara- No estoy loca, Diógenes.
-Pruébamelo...
-Uf... ¿Sabes algo de tu familia?- "A ver si solito te das cuenta, corazón"
Ahora sí que estaba confundido. Familia... ¿Qué era eso? Sólo una relación cosanguínea con tus progenitores y tus hermanos, un puñado de genes en común. ¿A quién le importaban esas cosas?
-Sólo conocí a mi padre y a mi hermano Orpheo, que está aquí(o estaba) pero jamás se preocupó por mí... Mi madre, no lo sé, no la veo desde que era un bebé, así que es imposible que la recuerde.
-De modo que nunca te han hablado de mí- concluyó Thea, la sonrisa ya ausente.- No me extraña... Yo tampoco sabía de la existencia de ustedes, hasta hace un tiempo.
Thea hizo un soberano esfuerzo por controlar la ira que bullía bajo su piel. Su hermano no tenía que ver esa parte de ella.
-Jeff tenía razón...- y él que pensaba que era un Neanderthal sin remedio...-¿Eres mi hermana?
-¡Aleluya!- exclamó ella, elevando las manos al cielo- Has tardado bastante... Me pregunto si no estarán falsificados esos documentos...
- Más respetó, Galathea- la cortó con cara de pocos amigos- me ha costado lo suyo. Esas calificaciones son mías...
-Bueno, bueno...- levantó las manos en señal de rendición - te diré más...
- ¿Qué, también soy tu prometido?- y le tocó a él reírse.
Se sonrojó al recordar lo que había pensado que ella quería de él. Se sentía un maldito pervertido. Además, un incesto, nada menos... Qué horror... Y él ni siquiera hubiera podido imaginarlo.
-Ja ja, no, tonto- dijo, risueña- Eso está prohibido. Soy tu gemela...
-
Recibió un leve asentimiento por única respuesta.
En cuanto hizo un click, a la chica se le vinieron encima todos los nervios. Mejor dicho, la aplastaron... Su corazón, hacía un segundo tranquilo, se desbocó. Sintió un poco mareada y se apoyó en la puerta. Diógenes, preocupado, se acercó a ella y la guió hasta la cama, haciéndola sentarse.
-¿Se encuentra bien, señorita...?
-Galathea- respondió sin mirarlo-, Thea para abreviar
-¿Y qué la ha traído hasta aquí.
Ella le entregó la carpeta con todos los papeles y repitió todo lo que le había dicho Rider. Primero, lo primero.
-De acuerdo.-dijo él- Gracias.
Los nervios habían remitido un poco. Sin embargo, ella no sabía cómo abordar el tema que realmente la había llevado hasta allí. Inconscientemente, tomó la mano de su hermano y la apretó suavemente. Él la miró interrogante, con cara de póker(después de todo, quizás si fuera como Caroline y le solicitaría sus servicios). Thea no se atrevía a mirarlo, entonces él le giró el rostro para verle mejor la cara. "Es bastante tímida", pensó, "Podría avanzar yo...". Entonces, su hermana le apartó la mano, dejándolo confundido. "Nunca saben lo que quieren...". Frunció el ceño mentalmente.
-¿Te sientes bien?
"¿Qué diablos te pasa, mujer?". Cuando ella por fin levantó la vista(aunque seguía rehuyendo a su mirada) se dio cuenta de que ella no quería seguir por el lado que él creía. Se veía que estaba abrumada por algo. "Y yo, ¿qué tengo que ver?".
-¿Thea?
-Estoy bien, Diógenes.- le respondió.
Respiró hondo y, por fin, lo miró a los ojos. Sonrió con ternura, mezclada con tristeza, pero así y todo brillaba de felicidad.
-De hecho, estoy feliz de estar aquí... ¿Sabes quién soy?
-¿La secretaria de Rider?- aventuró, rascándose la cabeza. No sabía qué esperaba de él.
-En realidad, no, aunque trabajo aquí.- sonrió ampliamente- Además, de eso... ¿No notas nada que te llame la atención?
-Eh...
-Para ser tan inteligente, la verdad es que dejas mucho que desear.- le recriminó, juguetona- ¿Algún parecido? ¿No te suena mi cara de algún lado?
-Quizás...- la miró resentido, no le gustaba que se burlaran de él.
-Pues yo te veo cada vez que me miro al espejo- se rió al verle la cara- No estoy loca, Diógenes.
-Pruébamelo...
-Uf... ¿Sabes algo de tu familia?- "A ver si solito te das cuenta, corazón"
Ahora sí que estaba confundido. Familia... ¿Qué era eso? Sólo una relación cosanguínea con tus progenitores y tus hermanos, un puñado de genes en común. ¿A quién le importaban esas cosas?
-Sólo conocí a mi padre y a mi hermano Orpheo, que está aquí(o estaba) pero jamás se preocupó por mí... Mi madre, no lo sé, no la veo desde que era un bebé, así que es imposible que la recuerde.
-De modo que nunca te han hablado de mí- concluyó Thea, la sonrisa ya ausente.- No me extraña... Yo tampoco sabía de la existencia de ustedes, hasta hace un tiempo.
Thea hizo un soberano esfuerzo por controlar la ira que bullía bajo su piel. Su hermano no tenía que ver esa parte de ella.
-Jeff tenía razón...- y él que pensaba que era un Neanderthal sin remedio...-¿Eres mi hermana?
-¡Aleluya!- exclamó ella, elevando las manos al cielo- Has tardado bastante... Me pregunto si no estarán falsificados esos documentos...
- Más respetó, Galathea- la cortó con cara de pocos amigos- me ha costado lo suyo. Esas calificaciones son mías...
-Bueno, bueno...- levantó las manos en señal de rendición - te diré más...
- ¿Qué, también soy tu prometido?- y le tocó a él reírse.
Se sonrojó al recordar lo que había pensado que ella quería de él. Se sentía un maldito pervertido. Además, un incesto, nada menos... Qué horror... Y él ni siquiera hubiera podido imaginarlo.
-Ja ja, no, tonto- dijo, risueña- Eso está prohibido. Soy tu gemela...
-
miércoles, 2 de enero de 2013
Cap. 4: Un regalo, una compensación V
Estaba en el tercer piso, dirigiéndose
a la habitación 351, cuando un grito salvaje resonó en el pasillo.
Lo siguió un rumor de varios pies que se acercaban y un coro de
risas masculinas. Se quedó helada, aplastada contra la pared y
aferrando la carpeta de su hermano contra el pecho. Por el pasillo,
se aproximaban corriendo cuatro hombres vestidos apenas con unos
jeans gastados, huyendo de dos más jóvenes. Thea no vio a los
últimos,pero aprecio las horas de ejercicio que tenían encima los
que estaban frente a ella.
-¡Devuélvanme la ropa!- gritó uno de
ellos, con voz chillona.
Los mayores se detuvieron en seco al
darse cuenta de que Thea estaba allí.
-Lucas, te juro que... -amenazó el
otro de los jovencitos, que seguían ocultos a los ojos de la chica.
El aludido, un morocho alto y ancho
como un oso, sostenía la ropa interior y el pantalón del que había
gritado. La joven se mordió el labio, para contener la risa que le
provocaba el grupo (que tenía una expresión similar) que miraban
alternadamente a Thea y a los chicos. Entonces, una mano agarró el
brazo de Lucas.
-Mi ropa, ¡ahora!-le exigió.
Y Thea lo vio. Enseguida deseó que la
tierra se la tragara allí mismo. ¿Cómo había cometido semejante
locura? ¿Es que nadie podría haberle advertido de lo que iba a
presenciar? Sintió que se le sonrojaba hasta el pelo.
El chico apenas llevaba una toalla
cubriéndolo, que en la violencia de sus movimientos, había caído
al piso, exponiéndolo cual Dios lo había traído al mundo. El otro
chico había atinado a agarrar la suya, antes de correr la misma
suerte. Los cuatro restantes se desternillaban de risa por la broma,
que les había salido mejor de lo que esperaban.
Rojo a más no poder, el chico volvió
a cubrirse torpemente y le arrebató la ropa a Lucas. Thea aprtó la
vista de él y la clavó en el grupo que lo precedía. Compuso una
expresión reprobatoria que su madre hubiera aplaudido. Agradeció
que ninguno de ellos fuera su hermano.
-A vestirse, ¡ahora!- les ordenó,
haciendo un esfuerzo por mirarlos a los ojos, y, dirigiéndose a los
demás- Desaparezcan de mi vista o me encargaré de que los envíen
al Basurero hoy mismo.
Era imposible que eso sucediera, pero
rogó que ellos no lo supieran. Todos volvieron por donde habían
venido, atropelladamente. Entonces, con la cabeza más fría, se echó
a reír. Portia lloraría cuando se lo contara. Esas expresiones al
escuchar la palabra Basurero eran un poema.
No había borrado su sonrisa cuando
golpeó la puerta de la habitación que buscaba. Tenía la mirada
brillante y el rostro sonrojado. No fue Diógenes quien abrió la
puerta, sino uno de los amigos de Lucas.
-Vaya, mira con quién me vengo a
encontrar.- dijo ella, con expresión maliciosa.
-Yo, eh... discúlpeme, señorita....
eh- se excusó tartamudeando-Ya me vestí.
Ella le sonrió y le preguntó por su
hermano.
Diógenes estaba recostado en su cama,
leyendo un viejo libro de física que había rescatado de un
polvoriento estante de la biblioteca. Sabía que el examen se
acercaba y quería estar preparado. El pase a la libertad... Había
puesto todas sus esperanzas en ello.
Le costaba concentrarse esa tarde. Su
compañero de cuarto, Jeff, había pasado los últimos cinco minutos
contándole lo que le habían hecho a Dimitri y a David, y que una
chica muy presuntuosa los amenazó. Mujeres, ¿qué se creían?...
-Estaba muy buena, amigo.- le había
dicho, al terminar.
Y ahora, tocaban la puerta. Estaba por
soltar un par de improperios, cuando escuchó una voz femenina.
Supuso que era de esas empleadas acosadoras, que pretendían usarlos
para pasar un rato divertido. Esperó que no fuera la misma de esa
mañana. Lo había pasado muy bien, pero no podía dejarse estar con
el estudio. ¿Acaso nunca tenían suficiente?
Jeff interrumpió aquella línea de
pensamiento.
-Te buscan, amigo.- le informó, dando
un paso al costado.
A Diógenes se le cayó el libro al
piso, al incorporarse bruscamente. Ésa no era la insaciable
Caroline. Tampoco era una de sus amigas. De hecho, no la había visto
jamás en su vida. Sin embargo, su rostro le sonaba de algún lado.
-Wow, parecen hermanos- soltó Jeff
-No lo he visto nunca- apuró a decir
Thea.
-No la conozco- dijo Diógenes al mismo
tiempo.
El chico los miró. Definitivamente,
algo allí había. Se sintió fuera de lugar, así que se excusó y
se fue.
martes, 1 de enero de 2013
Cap. 4: Un regalo, una compensacion IV
Dos días después, el dr. Elliot llamó
al despacho de Aria. No hablaron mucho. Acordaron la fecha para el
examen de los aspirantes del Pabellón azul, entre los cuales se
hallaba Diógenes. Aria se aseguró de que Thea tuviera la
oportunidad de verlo con sus propios ojos antes del examen.
-Galathea- la llamó por el
comunicador.-Ven a mi oficina, por favor.
Ella se preguntó qué podía necesitar
que precisara verla personalmente. Tocó suavemente la puerta, a
pesar de que estaba entreabierta.
-Adelante.
-Elliot me ha pedido que le haga llegar
a los estudiantes unos papeles antes del examen. Como no confía en
las encargadas del edificio, me pidió que asignara a alguien digna
de mi confianza. Hay que conservar la virtud de esos jóvenes...
Sobretodo en la etapa que están pasando.
-No te sigo...
-Las hormonas, Thea. Están
extremadamente sensibles- dijo enarcando las cejas.- Hay que
conservarles sin mancha hasta la Feria.
-Oh, claro- se sonrojó.
-Así que te he elegido a ti.
Así que lo conocería, por fin. No
podría estar más feliz.
-¿Cuándo..?
-Cuando tengas tiempo.
Thea puso todo en orden al instante y
salió de su oficina rumbo al Pabellón Azul, que se encontraba en la
planta baja de uno de los edificios que circundaban la torre.
Se sorprendió al llegar. Era horario
de clase, por lo que estaba casi desierto(las aulas se hallaban en
los pisos superiores). Un par de hombres vestidos con guardapolvos
blancos se cruzaron con ella. Los miró seriamente sin saber qué
hacer. ¿debía saludarlos cortésmente, o mirarlos con altanería y
seguir su camino? Lo primero iba más con ella.
-Buenas tardes- les dijo con una leve
inclinación de cabeza.
Ellos respondieron con una breve
reverencia y rostro solemne. Thea paseó la vista por el hall,
buscando algún cartel que indicara a dónde tenía que ir
exactamente. Como no encontró ninguno y los hombres seguían allí,
decidió encararlos nuevamente.
-Podrían indicarme cómo llegar al
Pabellón Azul, por favor?
Su tono dulce, su sonrisa y su
humildad dejaron perplejos a ambos. No estaban acostumbrados a tal
trato viniendo de una mujer. Sintieron simpatía de inmediato.
-Nosotros vamos hacia allá. Con gusto
la guiaremos.
El que hablaba era un muchacho rubio de
23 años y ojos azules. Tenía rasgos anglosajones y era un poco más
bajo que Thea. El otro era morocho y de ojos oscuros, de rasgos
mediterráneos y piel trigueña, un poco más alto que ella. Se
colocaron uno a cada lado, como si fueran guardaespaldas. El silencio
se le hizo muy incómodo, por lo que trató de romper el hielo.
-¿Ustedes forman parte del Pabellón?
-Sólo somos aspirantes- respondió el
rubio, que se llamaba Sean- olvidamos entregar la solicitud y vamos a
averiguar si aún estamos a tiempo.
Habló con él hasta que llegaron. Se
notaba que era un joven muy sociable. No tardó en olvidarse de las
reglas de etiqueta vigentes. El otro, Noah, era más reservado: sólo
hablaba cuando se le preguntaba algo y respondía casi exclusivamente
con monosílabos. Thea se preguntó si sería tímido o solo muy
reservado.
Al llegar a destino, Thea se dio un
festín con los ojos. A excepción de la recepcionista cuarentona,
que le recordaba a un gato persa, el hall de entrada estaba lleno de
presencia masculina. Todos estaban de blanco inmaculado. Thea miró
con una ceja levantada a Sean.
-¿Aspirantes a qué, me has dicho?
-A un cargo del laboratorio, ¿qué
creías...?- se detuvo en seco al contemplar la expresión
reprobatoria de la recepcionista.- Que tenga un buen día, señorita
Sterling.
Noah inclinó la cabeza y lo siguió.
La muchacha se dirigió lentamente. Hacia el escritorio, intimidada
por la mujer que había detrás de él.
-Vengo de parte de la directora.-le
informó- Busco al Dr. Rider.
Entonces, la empleada tomó el
teléfono, para corroborarlo. En ningún momento se le borró la cara
de asco que tenía. La chica entendió por qué ocupaba ese puesto.
Ni ella se acercaría a ningún hombre, ni ellos osarían acercarse a
ella, más de lo necesario.
-El doctor la recibirá- dijo con voz
monocorde- Por aquella puerta.
-Gracias.
Tocó suavemente la puerta. La voz que
había escuchado por teléfono se hizo audible desde el otro lado.
-Pase.
En cuanto la vio, se puso de pie, se le
acercó y estrechó su mano con la de ella.
-Encantado de conocerla, señorita
Sterling.
-El placer es mío, doctor.- respondió
educadamente.
Elliot Rider no era el anciano que ella
esperaba encontrarse. Apenas rondaba los cuarenta. Más de una mujer
lo hubiera comprado, de eso estaba segura. Le llevaba media cabeza a
thea, tenía el cabello cortado al ras, ojos grises y rasgos
nórdicos. Era más corpulento de lo que esperaba de un erudito y
tenía un par de kilos de más acumulados en el abdomen. Su rostro
afable tenía algo de paternal que la hizo sentirse cómoda al
instante.
-Debes entregar una carpeta a cada uno
de los aspirantes. En la lista están los nombres con sus respectivas
habitaciones.- le indicó- Todos se alojan en el edificio de
enfrente. Hay letreros, de modo que no te perderás.
-De acuerdo.
-Diles que tiene que estar listo dos
días antes del examen, que será dentro de quince días.
Ella asintió en silencio.
-Eso es todo.-concluyó, poniéndose de
pie y acompañándola hasta la puerta.
Cuando volvió a la recepción, sintió
que era sometida a un minucioso examen por parte de, al menos, diez
pares de ojos. Con un poco de incomodidad que se cuidó de no
mostrar, salió de ese lugar. Su madre se habría sentido defraudada
si se enteraba que se había sentido intimidada por el exceso de
testosterona del Pabellón.
No tuvo problemas en el otro edificio.
Siguió los carteles y fue entregando carpetas. Los chicos la
atendían en la puerta, con solemnidad y respeto. La hicieron sentir
treinta años más vieja. Dejó a Diógenes hasta el final, para
estar más tiempo con él. Aria le había dejado el resto del día
libre y quería aprovecharlo al máximo.
Nada la había preparado para el
semejante espectáculo que iba a presenciar...
----
Feliz cumple, Bahia!
Mas tarde completo el capitulo... espero que les guste!
Cap. 4: Un regalo, una compensación III
Thea se sonrojó y se dio vuelta. Sin
que la dueña de casa la viera se mordió el labio y se maldijo a sí
misma. Ante su silencio, Portia continuó, implacable.
-Así que ya encontraste el producto
que buscabas...
-No...-puso los ojos en blanco y serenó
el semblante-He dicho el primer nombre que se me ocurrió. Es más
común de lo que crees.
-¿Y cómo has llegado a esa
conclusión?- preguntó, arqueando una ceja
-Qué perspicaz estás hoy, Portia.
Estoy francamente sorprendida. No te copies de mí-se evadió.-
Después de pasar las listas los lunes se te quedan grabados, ¿sabes?
Portia se le quedó mirando. De
repente, prorrumpió en carcajadas otra vez.
-¡Oh, ya recuerdo! El de la Feria,
¿verdad? Jajaja. Te ha pegado fuerte...- aventuró.
-¿Qué? No seas tonta, querida
amiga...-sonrió- Es sólo un hombre, hay muchos como él.
-No pensé que eras de esas, Thea. Y
luego me dices a mí.- la acusó con sonrisa pícara, imperturbable.
Thea resopló. Se había delatado más
allá de lo defendible. Por lo general no le pasaban esas cosas. Ella
era centrada y madura y... Pero, ¿por qué se seguía riendo así
esa niña?
Finalmente, llegó Jean-Luc con el
regalo para sus padres. Thea vio que ya era tarde.
-Mejor me voy... mamá se preocupará...
Es tan exagerada a veces...
Se despidió de ellos en la puerta,
elogiando la cena y prometiendo volver.
Ya de camino, llamó a su madre pero
cambió de idea y cortó. Marcó el número de Aria, pero era tarde y
sólo saltó el contestador. No dejó ningún mensaje, lo mejor sería
hablar en persona.
-Tengo algo para ti, Aria- dijo apenas
la vio.
No perdió tiempo en charlas
preliminares y fue directo al grano. Mientras se acercaba a su jefa,
extrajo con cuidado el regalo de su cartera. Se paró bien derecha y
cuadró los hombros.
-Entrega especial del Sr. Danglars- le
informó en tono solemne.
-¿Danglars?- preguntó,
desenrrollándolo- oh...
Se llevó una mano a la boca, mientras
sostenía la hoja con la otra, temblorosa. Los ojos se le llenaron de
lágrimas al leer lo que había escrito su hijo. Tomó el pañuelo de
papel que le tendía Thea, sonriendo agradecida.
-Pequeña mía, no sabes lo feliz que
me ha hecho esto.- dijo al cabo de un momento, y dándole un fuerte
abrazo, agregó- Gracias. Cuando necesites algo, no dudes en
pedírmelo. Lo que sea.
-Cualquier cosa por ti, Aria. Quieren
que vayas a visitarlos.
-Diles que cuando quieran.
-¿Por qué no se lo dices tú misma?-
sugirió Thea, anotándole el número en un papel.
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