domingo, 26 de diciembre de 2010
Capítulo 1: Un Marido para Portia VI
-Jean-Luc, para servirle, señorita. ¿Desea tomar asiento?-le preguntó, señalándole un sillón forrado en terciopelo azul marino.
Thea asintió con la cabeza y lo acompañó. Él esperó a que ella se sentara y le ofreció algo de beber. Ella se negó y, a continuación, él se sentó a su lado, a una distancia prudente. "Este chico no tardará en venderse", pensó la chica, encantada. Como vio que sus padres se habían quedado al margen, decidió conversar un rato a solas.
-Cuéntame un poco de ti, Jean-Luc- le pidió Thea- ¿Cuántos años tienes?
-18, cumplidos el año pasado- respondió.
-Acabas de salir de la Escuela
-Así es. Graduado con honores- añadió orgulloso.
-Dime, ¿sabes algo de música?
-Sé tocar el violín y el piano. Cuento con gran parte del repertorio clásico y algunos temas populares.
-Interesante. ¿Y te destacas en algún otro arte?
-Amo pintar, no encuentro nada más hermoso. Es liberador...-dijo, con cada vez más entusiasmo.
Siguió hablando de la pintura con el ímpetu de un adolescente. Thea lo observaba atenta. Le agradaba el muchacho, ya que ella también tenía mucho de artista, aunque muy bien no se le daba. Se sorprendió cuando, luego de unos 15 minutos hablando de lo mismo, Jean-Luc calló de repente, dando muestras de sentirse avergonzado.
-Lo siento- le dijo.
-¿Por qué?- preguntó la joven, extrañada.
-Se supone que no debemos hablar tanto de un mismo tema, si la dama con la que hablamos no participa en la conversación. Siento que quizás la esté aburriendo. - le explicó, cada vez más nervioso, ya que temía haber hecho el ridículo.- ¡Sé otras cosas también! Soy muy bueno para cocinar y organizar eventos se me da de maravilla. También puedo...
-Tranquilo- lo detuvo Thea, con una sonrisa conciliadora- Me gusta el arte y me parece perfecto que te apasione algo. Eso significa que eres algo más que un robot que limpia la casa y se limita a obedecer órdenes.
El chico se relajó y se puso más cómodo.
-Lo lamento... Es la primera vez que estoy aquí y es mucha presión.- abrió mucho los ojos nuevamente, al darse cuenta de que la había embarrado otra vez.
-Déjame adivinar- le dijo Thea, divertida- Tampoco se te permite expresar emociones...
Él asintió levemente, con gesto contrariado.
-No pasa nada, corazón.-lo tranquilizó.- No he venido a comprarte, sino a hacerte una propuesta. ¿Quieres ver a tus padres?
El chico la miró con desconfianza. Thea pasó a explicarle la situación en voz baja, dándole instrucciones sobre cómo debían proceder.
Cuando terminó, se dirigió hacia donde estaban Antonio y Aria.
-Mamá, quiero que conozcas a este- le pidió, con una gran sonrisa- Te gustará.
Los esposos la siguieron hasta donde estaba él. Aria lo miró con ternura.
Thea y Antonio se pusieron a modo de cortina, para ocultar lo que sucedía. Aria tomó la cabeza de su hijo y le dio un beso en la frente. Ambos se sentían livianos como el aire y demasiado felices como para emitir palabra.
-Si pudiera te abrazaría con todas mis fuerzas, como antes- susurró la señora.
Le sonrió a su niño y supo tener la fuerza suficiente como para no llorar, a pesar de sentir un nudo demasiado doloroso en la garganta.
-¡Thea!
Portia se acercó con paso rápido al grupo. Su amiga se volteó rápidamente y Aria se separó bruscamente de su hijo.
-¿Qué ha pasado?- preguntó Thea, con actitud despreocupada- ¿Lo compraste?
Portia bajó los ojos, visiblemente decepcionada.
-No, era un cerdo arrogante.- sentenció, haciendo una mueca de asco.-Las apariencias engañan.
-Lástima.
-¿Y tú qué haces aquí?-quiso saber Portia, sorprendida.
-Bueno...- se le ocurrió una idea- Déjame presentártelo. Jean-Luc, ella es mi amiga Portia.
martes, 21 de diciembre de 2010
Cap 1: Un Marido para Portia V
-Creí que no se podía saber eso...- dijo Thea, confundida.
En aquella ciudad, cuando un matrimonio tenía un hijo varón, debía entregárselo a la Escuela cuando cumpliera ocho años. A partir de ese momento, la pareja no volvía a verlo ni a saber de él. Ése era el motivo por el cual las madres no se apegaban mucho a sus hijos varones.
Pero Aria era una mujer tan amorosa que había dado todo por su pequeño, por lo que sufrió mucho con su pérdida. Como compensación, la Escuela siempre entregaba el 75% del importe que había pagado la mujer por su esposo, en compensación por la pérdida. Pero, para mujeres como ella, no había dinero que pudiera reemplazarlo.
-Contactos, pequeña. De vez en cuando, sirven para una buena causa.-le dijo tristemente.
-¿Ya lo encontraron?
-No, aún no, pero queda poco por recorrer.
-Los registros son vagos, a veces- agregó Antonio, en voz baja.
-Pero lo reconoceré, estoy segura.
-Lo sé, querida.- la abrazó por los hombros, olvidando por un momento las normas del protocolo.
Thea miró en dirección a Portia, que hablaba animadamente con su supuesto futuro esposo. Supo que estaría largo rato allí.
-Aria, ¿les importa si los acompaño?
-Oh no, pequeña. Es más, si te gusta, soy capaz de comprarlo para ti.
Thea rió, algo incómoda. Decidió no tomarla en serio y siguió a la pareja. No anduvieron mucho cuando se detuvieron.
-Allí está- dijo con la voz afectada por la emoción.
Antes de que avanzara un paso, su esposo la aferró por la cintura.
-Contrólate, o tendremos problemas.-le advirtió.
La mujer asintió en silencio. Fueron lentamente hacia allí. Thea decidió hacer su aporte, para guardar las apariencias. Sería muy raro que un matrimonio sin hijas hablara con un hombre en exhibición. Sobre todo, por ser un matrimonio famoso, dado el trabajo de Aria.
-¿Cuál es?- les preguntó Thea.
- El tercero a la derecha, que tiene chaleco azul.
De modo que era de clase elegante. Los cinco jóvenes que ocupaban el puesto estaban vestidos formalmente: pantalón negro de excelente corte, camisa blanco inmaculado y chaleco, finamente bordado, de color oscuro. A juzgar por la ubicación del stand, Thea supuso que serían hombres recién salidos de fábrica. En otras palabras, recién graduados. Pocos de ellos lograban venderse en sus primeras presentaciones. Por lo general, a los 25 años empezaban a captar el interés de las damas que frecuentaban la Feria.
El muchacho tendría unos 18 años. Tenía el pelo corto, negro y brillante. Sus ojos eran de un verde intenso. No concordaba con el ideal de belleza, pero había heredado los mejores rasgos de sus padres. A Thea le gustó, si bien no lo hubiera elegido como esposo pues lo veía muy niño aún. Conforme al plan, se acercó a él con su mejor sonrisa.
-Buenas tardes, caballero- lo saludó, mirándolo a los ojos.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Cap 1: Un Marido para Portia IV
Perdon por la tardanza!!!
Ahi les va un poquitin mas de esta historia...
Que lo disfruten :D
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Salieron de ese pabellón y entraron al central, en el cual había más de doscientos hombres en exhibición.
-Por aquí-indicó Thea, luego de consultar el mapa.
Caminaban lentamente, sin apuro, disfrutando del paseo. Cada stand estaba amueblado con diferentes estilos y sus ocupantes lucían acorde a ellos.
Había uno, por ejemplo, que estaba amueblado y decorado al estilo victoriano. Tenía un par de amplios sillones, una mesa con una pava y tazas de porcelana, y masitas dulces. En una esquina, había un piano de cola blanco. Los hombres estaban sentados en lujosos sillones, vestidos de impecable traje negro y camisa blanca, con un pañuelo anudado pulcramente en el cuello. Para completar el cuadro, todos tenían actitud de miembros de la nobleza.
Otro, alejado de éste por razones más que obvias, estaba decorado como si fuera un pub moderno, con luces de colores y sillas de líneas minimalistas. Incluía una barra en un costado y una considerable colección de botellas. Los individuos en exhibición presentaban un aspecto mucho más relajado. Un par, incluso, tenían un par de piercings.
Tanta variedad y contrastes hacía todavía más fascinante la exposición. Thea estaba encantada. Portia, fuera de sí...
-Tómatelo con más calma, Portia,-aconsejó Thea- o tendremos que ponerte un cuello ortopédico.
El comentario arrancó una risita de su amiga, que parecía una niña en una juguetería, a la que le hubieran dicho que podía llevarse todo lo que quisiera, que enseguida se apagó. El repentino cambio hizo que Thea la mirara con curiosidad y siguiera el curso de su mirada, hacia el penúltimo stand del pasillo.
Un hombre vestido con camisa a cuadros con un par de botones desabrochados, y unos jeans azul oscuro. Miraba a Portia de forma descaradamente intensa. No tenía ojos grises, sino café, casi negros. Su cabello castaño oscuro caía en un leve desorden intencional hasta casi tocar sus hombros. Sus rasgos eran latinos y su piel, levemente trigueña. No cumplía con el único requisito de Portia, pero no hacía falta conocerla demasiado para darse cuenta de que le había robado el aliento. Caminó hasta donde estaba él, sin quitarle los ojos de encima, thea la alcanzó y la agarró de la muñeca, rompiendo momentáneamente el hechizo. Portia la miró brevemente, exigiéndole una explicación de por qué había interrumpido tan solemne momento.
-¿Ese?- le preguntó tímidamente, mordiéndose el labio.
-Sí- respondió con determinación, volviendo a concentrarse en el objeto de su deseo.
Thea optó por darle espacio y quedarse en el lugar, mientras su amiga iba a averiguar los detalles de la compra. Porque no le cabía la menor duda de que su amiga se lo compraría.
Suspiró con pesar. Ojalá ella tuviera una madre que accediera tan complaciente a comprarle un esposo. Pero Charlotte odiaba a los hombres, los consideraba una distracción. Ella quería que su hija se convirtiera en una abogada de renombre o en una poderosa empresaria, como ella. Tenía la firme convicción de que un hombre no haría más que ponerle obstáculos a su, ya de por sí, soñadora hija.
Y Thea tampoco podía adquirirlo por sus propios medios. Trabajaba como una simple empleada administrativa en el Ministerio de Educación. Su sueldo apenas alcanzaba para cubrir sus gastos personales, y eso que vivía con su madre. A sus 22 años, un trabajo bien pago era difícil de conseguir, sobre todo considerando que ella estaba terminando la carrera de administración de empresas. Necesitaba un trabajo de medio tiempo si quería tener el tiempo para estudiar y rendir las materias que le faltaban.
-Thea, querida- la saludó una mujer de unos 55 años.
Estaba bien vestida e iba del brazo de un hombre unos años mayor que ella.
-Aria, ¿cómo estás?-le sonrió la joven, con auténtica alegría.
Se abrazaron. La mujer la besó de forma maternal. El hombre tomó la mano de Thea y la besó. Si hubieran estado los tres en privado, su saludo habría sido mucho más cálido.
-Antonio, tanto tiempo sin verte- moderó su sonrisa para guardar las apariencias, sin embargo, sus ojos reflejaron el cariño que sentía por aquel hombre.
Aria era la directora de la Escuela de Hombres, en centro que formaba a todos los varones en exhibición. No era como la de mujeres, en absoluto. Allí se les enseñaba todo lo referente al mantenimiento de la casa y la crianza de niños (y las maneras más satisfactorias para hacerlos). En cuanto a las materias intelectuales, como historia o matemática, se les enseñaba lo básico. Al graduarse, un hombre de 17 años tenía la misma formación académica que una niña de 10 años. Eso sí, era capaz de mantener orgullosamente de pie toda una mansión.
Antonio era el esposo de Aria desde hacía 27 años. Era de los pocos casos que Thea conocía de un matrimonio feliz y duradero. Su madre no le creía cuando ella aseguraba que ellos se amaban realmente. De hecho, pocas mujeres creían que el hombre era digno del amor de una mujer.
-¿Qué haces por aquí?- preguntó Thea.
Los esposos se miraron con una sonrisa nostálgica. Aria acercó su boca al oído de la joven.
-Sé de buena fuente que nuestro hijo está aquí.- susurró con cautela, temerosa de que alguien escuchara.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Cap 1: Un Marido para Portia III
-¿Ansiosa?- le preguntó Thea con una sonrisa.
-¡Por supuesto!- le respondió con una sonrisa y un brillo especial en los ojos.
La agarró del brazo y se adentraron en la Feria. El lugar estaba lleno de stands, separados por pasillos. Cada uno, exhibía de tres a cinco hombres de similares características físicas. Había tres pabellones, separados por un parámetro medianamente abarcativo: uno para los de cabello negro o castaño; otro, para los de cabello rubio; otro para los pelirrojos, los que se rapaban y los que tenían algún color atípico(había mujeres que eran extravagantes y era común que se solicitaran hombres con el cabello de colores exóticos, como violeta, azul o verde).
Cada pabellón tenía diferentes stands, que tenía en cuenta el color de ojos y la altura, además del estilo en general de los hombres. No había divisiones étnicas, ya que a las mujeres no les interesaban este tipo de diferencias.
Cada stand contaba con un catálogo, en el cual se enumeraban la edad; las características de sus ocupantes, tanto físicas, como intelectuales y de carácter; un breve resumen de sus intereses (que por lo general se estudiaban para agradar a un target específico); y. por último, pero no menos importante, el precio.
Los precios variaban según la época, ya que, como sucede con la moda en indumentaria, dependiendo de la demanda y las tendencias, un hombre podía pasar de salir más que una mansión, a costar menos que un automóvil, en unos pocos meses. Ese otoño, lo más "top" eran los rubios de ojos oscuros, de mediana estatura y complexión fornida. De modo que aquellos que cumplieran con esas características estaban mucho mejor cotizados que los pelirrojos de ojos azules, que habían hecho furor la temporada anterior.
-¿Tienes alguna idea de lo que quieres, Portia?-preguntó Thea, mientras hacían fila para comprar la entrada.
A pesar de que aún no era hora pico, había bastantes mujeres haciendo fila.
-Que tenga ojos grises... Amo ese color.- se quedó pensativa unos segundos- Mmm, creo que es lo único que pido. Lo demás, me lo dirán mis ojos cuando lo vea.
-No tienes grandes pretensiones, pero no creo que encuentres mucha variedad. Es un color bastante raro.
-En realidad, es sólo un simple parámetro. Ya lo sabré cuando lo vea.- le brillaron los ojos.
-De modo que nos recorreremos toda la Feria, ¿verdad?
-Por supuesto,-dijo, guiñándole el ojo,- Quiero verlos a todos. Sé que luego de casarme no volveré a pisar este lugar y quiero disfrutar del paisaje.
-¿Ni siquiera para acompañarme a mí cuando vaya a comprarme el mío?
-Oh, no, querida amiga, lo siento mucho, pero no-negó, moviendo efusivamente la cabeza.
-¿Por qué?- preguntó Thea, divertida con la reacción de Portia.
-Porque no quiero arrepentirme, claro está.- le respondió, mirándola como si hubiera preguntado si el cielo estaba arriba de sus cabezas o debajo.
-Creí que con verlo ya te decidirías...
-Por supuesto, pero el tiempo nos cambia a todos... No quiero menospreciar a mi marido cuando comience a perder ciertas facultades- hizo un gesto, para que Thea dedujera el resto.
-Está bien-se rió.
-¿Y el tuyo cómo será?- quiso saber Portia.
-Para empezar, tiene que ser más alto que yo.
Su amiga la miró. Sí, era un buen punto. Thea medía un metro setenta y solía usar calzado con taco alto.
-Metro ochenta y cinco, más o menos-aventuró
-Más o menos- sonrió Thea.- Leí por ahí que las nuevas generaciones viene cada vez más altas. Para cuando me lo pueda permitir, seguro que lo consigo fácil.
-¿Qué más?- continuó la más chica, mientras entraban al pabellón de los rubios.
-Bueno... Me gustan los ojos azules, aunque el color miel también me encanta.
-¿Qué tal verdes?
-No lo sé, depende del verde. Si son muy claros, se me hacen demasiado fríos.-aclaró-Y depende del rostro también.
-Obviamente. ¿Y el cabello?
-Negro- y se quedó pensativa.
¿De qué color era el del sueño? Oscuro, aunque era de noche, no podría jurar que fuera negro o castaño oscuro.
-Morocho de ojos claros. Buena combinación. Justo lo contrario a lo que se usa en esta época.
-Pero un esposo se supone que debe durarte más que una temporada. Al menos, yo quiero que en mi caso así sea.
-Yo no lo sé. Espero tener la suerte de encontrar a uno ideal, como el que encontró mamá.-opinó, poniéndose seria dos segundos, para retomar su actitud anterior- Espero encontrar uno bueno de ojos grises.
-Vayamos a ver.
Thea agarró el diagrama y recordó que estaban con los rubios. Portia se encaminó hacia el pabellón de los morochos.
-¿No quieres recorrer este primero?
-No, con eso que dijiste, me dio antojo de morochos-se rió, tomándola del brazo.-Pero si insistes, volveremos después.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Cap. 1: Un marido para Portia II
Aquella noche, efectivamente soñó con un hombre, pero no uno cualquiera, sino su padre. Lo veía en un barrio pobre, lleno de hombres sucios, vestidos con harapos. Las únicas mujeres a la vista llevaban el uniforme de la policía. Todas ellas tenían espalda ancha, más que la de la mayoría de los hombres de por allí.
Thea caminaba por esas calles de la mano de un joven, algo mayor que ella, cuando se encontraron con su padre, Dante. Estaba viejo y demacrado, pero feliz de ver a su hija. Thea no pudo soportar verlo así y se puso a llorar.
-Ya falta poco, pequeña- la alentó, tomándole el rostro con ambas manos- Fuerza
La besó en la frente y se despertó. Se palpó las mejillas y las notó húmedas.
-Qué raro- se dijo a sí misma, al darse cuenta que había llorado realmente.
No podía borrar de su mente el rostro de Dante. Se preguntó qué sería de su vida, si aún estaba vivo. Doce años habían pasado de su partida. Mejor dicho, de su captura. Por aquel entonces, ella tenía sólo 10 años y no entendía mucho de la situación.
Le causaba una intensa amargura pensar en aquello, por lo que trato de enfilar su pensamiento hacia otro lado. El hombre que la tomaba de la mano, por ejemplo. Por más que se esforzaba, no podía recordar su rostro.
Se acomodó en la cama, dejándose arropar por la calidez de las sábanas y volvió a dormirse.
-Thea, teléfono- le anunció su madre.
La joven bajó precipitadamente las escaleras.
-Hola- saludó, medio jadeante por la corrida.
-¿Thea! No vas a creer esto- se escuchó a la emocionada Portia
-¿Qué pasó?- preguntó sonriendo.
-Mi madre va a regalarme un esposo, ¿¿puedes creerlo??
-Vaya…te felicito-sonó mucho más alegre de lo que realmente se sentía.
-Dijo que quería que fuera una sorpresa, pero la feria se adelantó… Así que iré mañana a elegir uno-le contó apresuradamente.- ¿Me acompañas?
La Feria de Apolo… la exposición mensual en la que los hombres disponibles se exhibían, como si fueran objetos de valor u obras de arte. Thea iba un par de veces al año, especulando con su lejana compra.
-Sí, desde luego, Portia.
Habían pasado tres días de aquella conversación con Portia y Yukari. Tres días desde que tuviera aquel sueño. De repente, su rostro se iluminó ¿Y si lo veía? No lo recordaba con claridad, pero si lo cepia lo reconocería, y entonces…
Entonces, ¿qué? ¿En qué estaba pensando? Sólo había sido un sueño, no significaba nada más allá de su retorcido inconsciente. ¿O sí? Sería una linda casualidad.
-Soñé contigo y eras mi esposo. Dime, ¿me harán algún descuento por ser empleada pública? Porque es cosa del destino que estemos juntos, aunque el señor Destino no me pague un centavo para facilitar el trámite. Qué locura, ¿verdad?- diría ella.
-Me han reservado para usted, señorita. No se preocupe. El Destino se lo paga. Sólo lléveme con usted- le contestaría el bello desconocido, haciéndole viento con las pestañas.
Thea se rió de sí misma.
-Thea, idiota, ¿deja de soñar!- se dijo- No lo verás, porque no existe. Un sueño, nada más. En tu cabeza está y de allí no saldrá.
-Pero qué lindo sería- se replicó, con una sonrisa soñadora.
Cap 1: Un Marido para Portia I
Faltaba poco para el cumpleaños de Portia . Veinte añitos nada más, ni nada menos: el momento en el que llegaría a la mayoría de edad. Era una muñequita: rubia y de enormes ojos azules, pequeñita de cuerpo y con carita de ángel. Tenía la típica expresión de la niña de mamá, que había sido celosamente cuidada de las vicisitudes del mundo exterior. Era extremadamente buena e ingenua.
Provenía de una familia adinerada, por lo que, seguramente, su regalo sería excepcional. Esperaba aquel momento con ansia. ¿Qué podría ser? ¿Un auto descapotable, acaso? Siempre había amado la velocidad y el viento desordenándole el pelo. O quizás… ¿unas vacaciones en la mítica Centauria? No, eso ya era volar demasiado alto. Sería mucho pedir.
-¡Pero, me encantaría ir, Thea!- suspiró, en tono soñador, dirigiéndose a su mejor amiga.-Se cuentan tantas historias fascinantes…
-Más de la mitad deben ser falsas…-se rió Yukari, la tercera que estaba sentada a la mesa- Una vez, me han contado que los hombres andan sueltos por las calles como si fueran iguales que nosotras… ¡es imposible que una sociedad así se sostenga! ¡Sería un descontrol!
Y las tres se echaron a reír.
-Me han dicho algo aún mejor… ¡Son gobernados por un hombre!- continuó
El comentario desató otra ola de carcajadas, que las dejó sin aire.
-Para mí, debe ser un mito….-opinó Thea-Aunque me gustaría comprobarlo. Si están sueltos, deben ser gratis también, ¿no?
-Mi madre me ha comentado que los exiliados son enviados allí.-Agregó Portia
-¿Ese montón de escoria está allá? No me digas que quieres ir a ese lugar…-dijo Yukari, asqueada.
Arrugó la nariz y movió negativamente la cabeza. Yukari era una feminista de la ultraderecha. “Los hombres son útiles para perpetuar la especie, pero nada más… Que otras se encarguen del trabajo sucio”, solía decir. Pertenecía a la élite que lideraba Adele Ravenwood, una legisladora muy influyente.
-¿Escoria? Vamos, Yukari, no digas eso. Si supieras los motivos por los que los mandan al Basurero… -replicó Thea, indignada.-Muchos no son más que víctimas de mujeres caprichosas.
-Ja-rió, despectivamente-Son hombres… y por el solo hecho de serlo, ya son escoria. Si tuvieran la mitad de agallas que nosotras, no se habrían dejado dominar tan fácilmente.
Thea se cruzó de brazos y cerró la boca, apretando los labios con fuerza. Tenía mil réplicas luchando por salir, pero supo contenerse. Ése era el tipo de actitudes que odiaba, pero era lo usual. Vivían en una sociedad feminista hasta puntos extremos. Los hombres, escasos, eran poco más que mascotas, que podían permitirse sólo aquellas que poseían mucho dinero y alguna que otra jubilada, que había ahorrado toda su vida. Mascotas… Y eso que su coeficiente intelectual estaba a la misma altura que el de ellas.
Thea no lograba entender cómo, si eran tan codiciados, fueran maltratados y menospreciados de aquella manera.
-Son seres humanos, por el amor de Dios.-solía decir, en voz baja, cada vez que escuchaba comentarios similares.
Esclavos…eso eran. Y el gobierno estaba tan bien manejado que les resultaba imposible mejorar su condición. El poder era tan estricto al respecto que ellos no podían ni respirar, sin el debido permiso de su dueña, o, formalmente hablando, su “esposa”.
-Pues es una escoria muy bonita, ¿no te parece?-comentó Portia, con una sonrisa.
Ay, esa era otra postura que aborrecía. Había muchas mujeres como Portia, que veía a los hombres como adornos bonitos para combinar con la cartera, o un mueble top para el living. Ese tipo de mujeres se casaban jóvenes y eran un gran alivio durante los primeros años para sus esposos. Sin embargo, como sucede con las flores cuando se marchitan, con las primeras arruguitas esos esposos eran tirados a la basura, por dejar de ser bonitos.
No se decidía aún cuál de las dos opiniones era peor. Thea sentía una profunda compasión por los hombres de su país. Era consciente de que sus ideas eran en extremo liberales y que, si se le ocurría expresar sus pensamientos en voz alta, terminaría mal. Discutirlo con Yukari era una sentencia de muerte, dados sus contactos. Hablarlo con Portia, inútil, puesto que su amiga no pensaba en ello.
En fin, así y todo eran sus amigas desde hacía mucho tiempo y la diferencia de ideas no afectaba demasiado a la relación.
-Mi padre era basura…-contó Yukari- mi madre lo devolvió antes de que yo naciera.
Thea reprimió otro gesto reprobatorio.
-Pues el mío es un amor. A pesar de sus años, sigue tan apuesto y encantador como siempre.-replicó Portia-Creo que me compraré uno como él, algún día.
-Yo prefiero la soltería. Mira que andar manteniendo a un inútil…-dijo Yukari, con desprecio.
-Por mi parte, Portia, te entiendo. Yo también estoy ahorrando para comprarme uno.
-Te deseo mucha suerte, querida amiga.-le dijo ella, con un suave vestigio de lástima en la mirada.
-Tendrás que buscarte otro trabajo, entonces, Thea-sentenció con su habitual sutileza Yukari-Con lo que ganas, tienes suerte si logras comprártelo a los 50.
Thea rió con amargura. Era verdad. Su sueldo de empleada administrativa no le ayudaría. Como su madre aún trabajaba, vivían bien, pero no podía darse muchos lujos. Ahorraba centavo a centavo, pero no era mucho.
-Soñar no cuesta nada-susurró.