-Creí que no se podía saber eso...- dijo Thea, confundida.
En aquella ciudad, cuando un matrimonio tenía un hijo varón, debía entregárselo a la Escuela cuando cumpliera ocho años. A partir de ese momento, la pareja no volvía a verlo ni a saber de él. Ése era el motivo por el cual las madres no se apegaban mucho a sus hijos varones.
Pero Aria era una mujer tan amorosa que había dado todo por su pequeño, por lo que sufrió mucho con su pérdida. Como compensación, la Escuela siempre entregaba el 75% del importe que había pagado la mujer por su esposo, en compensación por la pérdida. Pero, para mujeres como ella, no había dinero que pudiera reemplazarlo.
-Contactos, pequeña. De vez en cuando, sirven para una buena causa.-le dijo tristemente.
-¿Ya lo encontraron?
-No, aún no, pero queda poco por recorrer.
-Los registros son vagos, a veces- agregó Antonio, en voz baja.
-Pero lo reconoceré, estoy segura.
-Lo sé, querida.- la abrazó por los hombros, olvidando por un momento las normas del protocolo.
Thea miró en dirección a Portia, que hablaba animadamente con su supuesto futuro esposo. Supo que estaría largo rato allí.
-Aria, ¿les importa si los acompaño?
-Oh no, pequeña. Es más, si te gusta, soy capaz de comprarlo para ti.
Thea rió, algo incómoda. Decidió no tomarla en serio y siguió a la pareja. No anduvieron mucho cuando se detuvieron.
-Allí está- dijo con la voz afectada por la emoción.
Antes de que avanzara un paso, su esposo la aferró por la cintura.
-Contrólate, o tendremos problemas.-le advirtió.
La mujer asintió en silencio. Fueron lentamente hacia allí. Thea decidió hacer su aporte, para guardar las apariencias. Sería muy raro que un matrimonio sin hijas hablara con un hombre en exhibición. Sobre todo, por ser un matrimonio famoso, dado el trabajo de Aria.
-¿Cuál es?- les preguntó Thea.
- El tercero a la derecha, que tiene chaleco azul.
De modo que era de clase elegante. Los cinco jóvenes que ocupaban el puesto estaban vestidos formalmente: pantalón negro de excelente corte, camisa blanco inmaculado y chaleco, finamente bordado, de color oscuro. A juzgar por la ubicación del stand, Thea supuso que serían hombres recién salidos de fábrica. En otras palabras, recién graduados. Pocos de ellos lograban venderse en sus primeras presentaciones. Por lo general, a los 25 años empezaban a captar el interés de las damas que frecuentaban la Feria.
El muchacho tendría unos 18 años. Tenía el pelo corto, negro y brillante. Sus ojos eran de un verde intenso. No concordaba con el ideal de belleza, pero había heredado los mejores rasgos de sus padres. A Thea le gustó, si bien no lo hubiera elegido como esposo pues lo veía muy niño aún. Conforme al plan, se acercó a él con su mejor sonrisa.
-Buenas tardes, caballero- lo saludó, mirándolo a los ojos.
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