lunes, 6 de diciembre de 2010

Cap 1: Un Marido para Portia I

Faltaba poco para el cumpleaños de Portia . Veinte añitos nada más, ni nada menos: el momento en el que llegaría a la mayoría de edad. Era una muñequita: rubia y de enormes ojos azules, pequeñita de cuerpo y con carita de ángel. Tenía la típica expresión de la niña de mamá, que había sido celosamente cuidada de las vicisitudes del mundo exterior. Era extremadamente buena e ingenua.

Provenía de una familia adinerada, por lo que, seguramente, su regalo sería excepcional. Esperaba aquel momento con ansia. ¿Qué podría ser? ¿Un auto descapotable, acaso? Siempre había amado la velocidad y el viento desordenándole el pelo. O quizás… ¿unas vacaciones en la mítica Centauria? No, eso ya era volar demasiado alto. Sería mucho pedir.

-¡Pero, me encantaría ir, Thea!- suspiró, en tono soñador, dirigiéndose a su mejor amiga.-Se cuentan tantas historias fascinantes…

-Más de la mitad deben ser falsas…-se rió Yukari, la tercera que estaba sentada a la mesa- Una vez, me han contado que los hombres andan sueltos por las calles como si fueran iguales que nosotras… ¡es imposible que una sociedad así se sostenga! ¡Sería un descontrol!

Y las tres se echaron a reír.

-Me han dicho algo aún mejor… ¡Son gobernados por un hombre!- continuó

El comentario desató otra ola de carcajadas, que las dejó sin aire.

-Para mí, debe ser un mito….-opinó Thea-Aunque me gustaría comprobarlo. Si están sueltos, deben ser gratis también, ¿no?

-Mi madre me ha comentado que los exiliados son enviados allí.-Agregó Portia

-¿Ese montón de escoria está allá? No me digas que quieres ir a ese lugar…-dijo Yukari, asqueada.

Arrugó la nariz y movió negativamente la cabeza. Yukari era una feminista de la ultraderecha. “Los hombres son útiles para perpetuar la especie, pero nada más… Que otras se encarguen del trabajo sucio”, solía decir. Pertenecía a la élite que lideraba Adele Ravenwood, una legisladora muy influyente.

-¿Escoria? Vamos, Yukari, no digas eso. Si supieras los motivos por los que los mandan al Basurero… -replicó Thea, indignada.-Muchos no son más que víctimas de mujeres caprichosas.

-Ja-rió, despectivamente-Son hombres… y por el solo hecho de serlo, ya son escoria. Si tuvieran la mitad de agallas que nosotras, no se habrían dejado dominar tan fácilmente.

Thea se cruzó de brazos y cerró la boca, apretando los labios con fuerza. Tenía mil réplicas luchando por salir, pero supo contenerse. Ése era el tipo de actitudes que odiaba, pero era lo usual. Vivían en una sociedad feminista hasta puntos extremos. Los hombres, escasos, eran poco más que mascotas, que podían permitirse sólo aquellas que poseían mucho dinero y alguna que otra jubilada, que había ahorrado toda su vida. Mascotas… Y eso que su coeficiente intelectual estaba a la misma altura que el de ellas.

Thea no lograba entender cómo, si eran tan codiciados, fueran maltratados y menospreciados de aquella manera.

-Son seres humanos, por el amor de Dios.-solía decir, en voz baja, cada vez que escuchaba comentarios similares.

Esclavos…eso eran. Y el gobierno estaba tan bien manejado que les resultaba imposible mejorar su condición. El poder era tan estricto al respecto que ellos no podían ni respirar, sin el debido permiso de su dueña, o, formalmente hablando, su “esposa”.

-Pues es una escoria muy bonita, ¿no te parece?-comentó Portia, con una sonrisa.

Ay, esa era otra postura que aborrecía. Había muchas mujeres como Portia, que veía a los hombres como adornos bonitos para combinar con la cartera, o un mueble top para el living. Ese tipo de mujeres se casaban jóvenes y eran un gran alivio durante los primeros años para sus esposos. Sin embargo, como sucede con las flores cuando se marchitan, con las primeras arruguitas esos esposos eran tirados a la basura, por dejar de ser bonitos.

No se decidía aún cuál de las dos opiniones era peor. Thea sentía una profunda compasión por los hombres de su país. Era consciente de que sus ideas eran en extremo liberales y que, si se le ocurría expresar sus pensamientos en voz alta, terminaría mal. Discutirlo con Yukari era una sentencia de muerte, dados sus contactos. Hablarlo con Portia, inútil, puesto que su amiga no pensaba en ello.

En fin, así y todo eran sus amigas desde hacía mucho tiempo y la diferencia de ideas no afectaba demasiado a la relación.

-Mi padre era basura…-contó Yukari- mi madre lo devolvió antes de que yo naciera.

Thea reprimió otro gesto reprobatorio.

-Pues el mío es un amor. A pesar de sus años, sigue tan apuesto y encantador como siempre.-replicó Portia-Creo que me compraré uno como él, algún día.

-Yo prefiero la soltería. Mira que andar manteniendo a un inútil…-dijo Yukari, con desprecio.

-Por mi parte, Portia, te entiendo. Yo también estoy ahorrando para comprarme uno.

-Te deseo mucha suerte, querida amiga.-le dijo ella, con un suave vestigio de lástima en la mirada.

-Tendrás que buscarte otro trabajo, entonces, Thea-sentenció con su habitual sutileza Yukari-Con lo que ganas, tienes suerte si logras comprártelo a los 50.

Thea rió con amargura. Era verdad. Su sueldo de empleada administrativa no le ayudaría. Como su madre aún trabajaba, vivían bien, pero no podía darse muchos lujos. Ahorraba centavo a centavo, pero no era mucho.

-Soñar no cuesta nada-susurró.

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