Aquella noche, efectivamente soñó con un hombre, pero no uno cualquiera, sino su padre. Lo veía en un barrio pobre, lleno de hombres sucios, vestidos con harapos. Las únicas mujeres a la vista llevaban el uniforme de la policía. Todas ellas tenían espalda ancha, más que la de la mayoría de los hombres de por allí.
Thea caminaba por esas calles de la mano de un joven, algo mayor que ella, cuando se encontraron con su padre, Dante. Estaba viejo y demacrado, pero feliz de ver a su hija. Thea no pudo soportar verlo así y se puso a llorar.
-Ya falta poco, pequeña- la alentó, tomándole el rostro con ambas manos- Fuerza
La besó en la frente y se despertó. Se palpó las mejillas y las notó húmedas.
-Qué raro- se dijo a sí misma, al darse cuenta que había llorado realmente.
No podía borrar de su mente el rostro de Dante. Se preguntó qué sería de su vida, si aún estaba vivo. Doce años habían pasado de su partida. Mejor dicho, de su captura. Por aquel entonces, ella tenía sólo 10 años y no entendía mucho de la situación.
Le causaba una intensa amargura pensar en aquello, por lo que trato de enfilar su pensamiento hacia otro lado. El hombre que la tomaba de la mano, por ejemplo. Por más que se esforzaba, no podía recordar su rostro.
Se acomodó en la cama, dejándose arropar por la calidez de las sábanas y volvió a dormirse.
-Thea, teléfono- le anunció su madre.
La joven bajó precipitadamente las escaleras.
-Hola- saludó, medio jadeante por la corrida.
-¿Thea! No vas a creer esto- se escuchó a la emocionada Portia
-¿Qué pasó?- preguntó sonriendo.
-Mi madre va a regalarme un esposo, ¿¿puedes creerlo??
-Vaya…te felicito-sonó mucho más alegre de lo que realmente se sentía.
-Dijo que quería que fuera una sorpresa, pero la feria se adelantó… Así que iré mañana a elegir uno-le contó apresuradamente.- ¿Me acompañas?
La Feria de Apolo… la exposición mensual en la que los hombres disponibles se exhibían, como si fueran objetos de valor u obras de arte. Thea iba un par de veces al año, especulando con su lejana compra.
-Sí, desde luego, Portia.
Habían pasado tres días de aquella conversación con Portia y Yukari. Tres días desde que tuviera aquel sueño. De repente, su rostro se iluminó ¿Y si lo veía? No lo recordaba con claridad, pero si lo cepia lo reconocería, y entonces…
Entonces, ¿qué? ¿En qué estaba pensando? Sólo había sido un sueño, no significaba nada más allá de su retorcido inconsciente. ¿O sí? Sería una linda casualidad.
-Soñé contigo y eras mi esposo. Dime, ¿me harán algún descuento por ser empleada pública? Porque es cosa del destino que estemos juntos, aunque el señor Destino no me pague un centavo para facilitar el trámite. Qué locura, ¿verdad?- diría ella.
-Me han reservado para usted, señorita. No se preocupe. El Destino se lo paga. Sólo lléveme con usted- le contestaría el bello desconocido, haciéndole viento con las pestañas.
Thea se rió de sí misma.
-Thea, idiota, ¿deja de soñar!- se dijo- No lo verás, porque no existe. Un sueño, nada más. En tu cabeza está y de allí no saldrá.
-Pero qué lindo sería- se replicó, con una sonrisa soñadora.
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