Charlotte, por su parte, daba manotazos dentro de la alacena de la cocina, hasta que encontró el frasco con los calmantes. Se llevó dos pastillas a la boca y se tomó el café (helado) que le quedaba. Le temblaba el pulso.
-Prefiero morir, antes de verte pasar por lo mismo que yo.-murmuró con los ojos enrojecidos.
Thea se tranquilizó progresivamente hasta quedarse dormida. A eso de las dos de la madrugada, se despertó. Tenía hambre y se había perdido la cena. Se levantó y fue a la cocina, sigilosamente, a buscarse algo para comer. Improviso algo sencillo con lo que encontró y se sentó a la mesa.
Su mente ya no vagaba en torno a sus desconocidos hermanos. Prefería no reflexionar más sobre ellos, puesto que sabía que se enfurecería otra vez. Le sorprendió la acalorada discusión que había tenido con su madre. Nunca perdía los estribos de esa manera, ni le hablaba así a su madre. Apartó esos pensamientos, para que no le quitaran el apetito.
En cambio, optó por evocar al hombre misterioso que había encontrado en la Feria.
-Stephen…-susurró, deleitándose con el sonido de su nombre.
Suspiró. Verlo en vivo y en directo era aún mejor que soñarlo. Se imaginó en una acogedora casita, viviendo con él. Divagó en torno a la idea con deleite. ¿Cuánto costaría? Tenía un porte importante, así que sin duda sería caro. Además, tenía una belleza clásica que nunca pasaba de moda. Hombres así, siempre son muy solicitados, más allá de las tendencias.
Thea estaba segura de que era mayor que ella, unos tres o cuatro años, por lo menos. Se rió. Un matrimonio así sería aún más raro que el de la joven Portia. No conocía a ninguno en el cual el hombre fuese más viejo que la mujer. Y, además, un hombre que había tenido el descaro de reírse de ella. En ese mundo, era considerado una grave falta de respeto que un hombre se divirtiera a expensas de una mujer.
A Thea no le había molestado, sin embargo. Era plenamente consciente de que había quedado como una tonta o una loca por haber actuado de esa forma tan extraña.
-Sólo me faltó decir: “No te atrevas a venderte, eres mío”- pensó, sonriendo.
Habría reído con ganas, de no ser que no quería despertar a su madre. Limpio los restos de su “cena” con el mayor sigilo posible y volvió a la cama.
A la mañana siguiente, mientras esperaba que se hiciera el café, llamó a Aria.
-Verás- le dijo Aria, luego de unos minutos- hace un par de semanas tuve que despedir a mi secretaria. Luego de lo de ayer, se me ha ocurrido pedirte a ti que la reemplaces. ¿Qué te parece?
Thea casi se cayó de la silla.
-¿Hablas en serio?
-Sí, hija. Si no quieres, lo entenderé…
-¿Cómo negarme?
Era la oportunidad que estaba esperando hacía meses. La secretaria de la directora de la Escuela de Hombres ganaba el triple de su sueldo. Su sueño de libertad parecía mucho más cercano a cumplirse.
-De acuerdo, ven hoy, después del trabajo. Yo hablaré con tu jefa, descuida.
Se quedó tan ensimismada luego de colgar, que se le quemó el café. Se lo tomó sin notar la diferencia.