lunes, 13 de diciembre de 2010

Cap 1: Un Marido para Portia IV

Perdon por la tardanza!!!


Ahi les va un poquitin mas de esta historia...


Que lo disfruten :D


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Salieron de ese pabellón y entraron al central, en el cual había más de doscientos hombres en exhibición.

-Por aquí-indicó Thea, luego de consultar el mapa.

Caminaban lentamente, sin apuro, disfrutando del paseo. Cada stand estaba amueblado con diferentes estilos y sus ocupantes lucían acorde a ellos.

Había uno, por ejemplo, que estaba amueblado y decorado al estilo victoriano. Tenía un par de amplios sillones, una mesa con una pava y tazas de porcelana, y masitas dulces. En una esquina, había un piano de cola blanco. Los hombres estaban sentados en lujosos sillones, vestidos de impecable traje negro y camisa blanca, con un pañuelo anudado pulcramente en el cuello. Para completar el cuadro, todos tenían actitud de miembros de la nobleza.

Otro, alejado de éste por razones más que obvias, estaba decorado como si fuera un pub moderno, con luces de colores y sillas de líneas minimalistas. Incluía una barra en un costado y una considerable colección de botellas. Los individuos en exhibición presentaban un aspecto mucho más relajado. Un par, incluso, tenían un par de piercings.

Tanta variedad y contrastes hacía todavía más fascinante la exposición. Thea estaba encantada. Portia, fuera de sí...

-Tómatelo con más calma, Portia,-aconsejó Thea- o tendremos que ponerte un cuello ortopédico.

El comentario arrancó una risita de su amiga, que parecía una niña en una juguetería, a la que le hubieran dicho que podía llevarse todo lo que quisiera, que enseguida se apagó. El repentino cambio hizo que Thea la mirara con curiosidad y siguiera el curso de su mirada, hacia el penúltimo stand del pasillo.

Un hombre vestido con camisa a cuadros con un par de botones desabrochados, y unos jeans azul oscuro. Miraba a Portia de forma descaradamente intensa. No tenía ojos grises, sino café, casi negros. Su cabello castaño oscuro caía en un leve desorden intencional hasta casi tocar sus hombros. Sus rasgos eran latinos y su piel, levemente trigueña. No cumplía con el único requisito de Portia, pero no hacía falta conocerla demasiado para darse cuenta de que le había robado el aliento. Caminó hasta donde estaba él, sin quitarle los ojos de encima, thea la alcanzó y la agarró de la muñeca, rompiendo momentáneamente el hechizo. Portia la miró brevemente, exigiéndole una explicación de por qué había interrumpido tan solemne momento.

-¿Ese?- le preguntó tímidamente, mordiéndose el labio.

-Sí- respondió con determinación, volviendo a concentrarse en el objeto de su deseo.

Thea optó por darle espacio y quedarse en el lugar, mientras su amiga iba a averiguar los detalles de la compra. Porque no le cabía la menor duda de que su amiga se lo compraría.

Suspiró con pesar. Ojalá ella tuviera una madre que accediera tan complaciente a comprarle un esposo. Pero Charlotte odiaba a los hombres, los consideraba una distracción. Ella quería que su hija se convirtiera en una abogada de renombre o en una poderosa empresaria, como ella. Tenía la firme convicción de que un hombre no haría más que ponerle obstáculos a su, ya de por sí, soñadora hija.

Y Thea tampoco podía adquirirlo por sus propios medios. Trabajaba como una simple empleada administrativa en el Ministerio de Educación. Su sueldo apenas alcanzaba para cubrir sus gastos personales, y eso que vivía con su madre. A sus 22 años, un trabajo bien pago era difícil de conseguir, sobre todo considerando que ella estaba terminando la carrera de administración de empresas. Necesitaba un trabajo de medio tiempo si quería tener el tiempo para estudiar y rendir las materias que le faltaban.

-Thea, querida- la saludó una mujer de unos 55 años.

Estaba bien vestida e iba del brazo de un hombre unos años mayor que ella.

-Aria, ¿cómo estás?-le sonrió la joven, con auténtica alegría.

Se abrazaron. La mujer la besó de forma maternal. El hombre tomó la mano de Thea y la besó. Si hubieran estado los tres en privado, su saludo habría sido mucho más cálido.

-Antonio, tanto tiempo sin verte- moderó su sonrisa para guardar las apariencias, sin embargo, sus ojos reflejaron el cariño que sentía por aquel hombre.

Aria era la directora de la Escuela de Hombres, en centro que formaba a todos los varones en exhibición. No era como la de mujeres, en absoluto. Allí se les enseñaba todo lo referente al mantenimiento de la casa y la crianza de niños (y las maneras más satisfactorias para hacerlos). En cuanto a las materias intelectuales, como historia o matemática, se les enseñaba lo básico. Al graduarse, un hombre de 17 años tenía la misma formación académica que una niña de 10 años. Eso sí, era capaz de mantener orgullosamente de pie toda una mansión.

Antonio era el esposo de Aria desde hacía 27 años. Era de los pocos casos que Thea conocía de un matrimonio feliz y duradero. Su madre no le creía cuando ella aseguraba que ellos se amaban realmente. De hecho, pocas mujeres creían que el hombre era digno del amor de una mujer.

-¿Qué haces por aquí?- preguntó Thea.

Los esposos se miraron con una sonrisa nostálgica. Aria acercó su boca al oído de la joven.

-Sé de buena fuente que nuestro hijo está aquí.- susurró con cautela, temerosa de que alguien escuchara.

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