domingo, 13 de mayo de 2012

Capítulo 4: Un regalo, una compensación


-Ella es peligrosa, mi amor-le dijo en voz baja- Temo que te hará daño a ti también.
-¿También?- exclamó Thea del otro lado del teléfono.- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué te ha hecho?
-Será mejor que no vengas por aquí, Thea. Adiós- y colgó.
-¡No cortes!-le rogó al tono monótono del teléfono.

La puerta de la habitación se abrió y apareció Charlotte. Thea susurraba ese ruego cuando despertó, sacudida por su madre. Se sobresaltó al verle la cara, iluminada tenuemente por las primeras luces del día. La chica entrecerró los ojos, tratando de enfocar el rostro que tenía delante.
-¿Te encuentras bien, querida?- le preguntó, poniéndole la mano en la frente, para tomarle la temperatura.
-Sí-contestó con voz ronca- Sólo fue un sueño…
-Iré a prepararte el desayuno. Tómate tu tiempo.- le dijo con dulzura.

Thea se estiró y se restregó los ojos. ¿De quién era aquella voz? No se parecía a la de ningún hombre que conociera (tampoco es que conociera a muchos…). “Un sueño, sólo un sueño…”, se convenció, “no tiene por qué significar algo…”.
-No seas supersticiosa, Galathea.- se ordenó a sí misma.

Mientras desayunaba con su madre, Portia la llamó. Hablaron poco, porque a Thea se le hacía tarde para el trabajo.
-No me esperes para la cena- le comunicó a su madre.
-¿A dónde irás?- le preguntó con simple curiosidad.

Charlotte nunca cuestionaba los planes de su hija. Sabía que era responsable y capaz de cuidarse sola. Confiaba plenamente en ella, nunca le había mentido ni ocultado nada. A veces, se sentía culpable por ocultarle ciertas cuestiones pero, claro está, no estaban en igualdad de condiciones. A Thea de nada le servía saber la verdad acerca de su padre, y lo de sus hermanos… bueno, no tendría que habérselo ocultado. Sin embargo, eso era preferible a tener que responder engorrosas preguntas. Había ocasiones en las que su hija la asustaba con sus ideas. Mira que hablar de sus hermanos en términos de igualdad… Y luego, reflexionando un poco sobre los hombres libres o haciendo preguntas acerca de historia antigua. ¿De dónde demonios había sacado esa absurda idea de la dominación machista? ¡Hasta una niña de cinco años sabía que las mujeres habían estado al mando desde siempre!

-Portia me ha invitado a su nueva casa.
-¿Joan le ha regalado eso también?- preguntó, levantando las cejas.
-No, la compró con su dinero- explicó Thea, como si su amiga se hubiese comprado un sombrero.
-¡Vaya! Esa amiga tuya tiene más dinero que el que ganaremos nosotras en toda nuestra vida.
-Ni que fuéramos pobres, mamá- replicó Thea.- Esta vida está más que bien para mí. No tengo nada que envidiarle a Portia (“Salvo que se haya casado ya…”)
-Sí, para mí también-aclaró- Sólo estoy comparando.
-Te llamaré cuando esté saliendo, ¿de acuerdo?
-Como gustes, cariño
La muchacha fue a buscar su cartera y saludó a su madre.
-Cuídate- le pidió, besándola en la frente.

Hacía ya tres meses que trabajaba en la Escuela de Hombres. Como predijo Aria, se acostumbró rápidamente al ritmo. Con un poco de organización, agilizó bastante sus tareas. Su jefa se mostraba satisfecha con su desempeño y ya había prometido un aumento de sueldo.
Trabajar con Aria era un placer. En sus ratos libres, se sentaba al lado de Thea y le contaba anécdotas de su vida de casada y sobre su hijo. Otras veces, sus charlas eran verdaderas lecciones de vida para Thea. También, le respondía preguntas sobre diversos temas profundos y debatían bastante.
Ese día, Aria le había pedido que le contara algo sobre su hijo y Thea sonrió, contenta de poder decirle algo más consistente que de costumbre. Mejor dicho, la promesa de noticias.
-Iré a cenar con ellos hoy- le confió- Mañana te contaré.
-Me has alegrado el día con esa frase.- rió Aria.
-¿Cómo está Tonio?
-Peleando con su corazón, pero bien. Se pondrá aún mejor mañana, seguramente- le dijo, con una sonrisa ausente.
Antonio sufría de una afección cardíaca congénita. A su edad, 50 años nada más, ya había sufrido un par de infartos, que derivaron en internaciones. Aria le quitaba gravedad al asunto, pero Thea sabía que era algo delicado. Decidió que le pediría a los recién casados que fueran a verlo cuando pudieran.
-Mándale saludos de mi parte- le pidió Thea, con una sonrisa.

-Créeme, Thea, esto del matrimonio es genial-le dijo Portia en tono soñador.-Deberías probarlo.
La aludida sonrió. Portia siempre había sido una chica alegre y con cierta luz interior que daba gusto percibir. Sólo tres meses de casada, y estaba lejos de arrepentirse.
-Sabes que me gustaría hacerlo…- le contestó.
-¿Sigues yendo a la Feria?
-Por supuesto,-sonrió-las cosas han cambiado un poco.
-Ah, ¿sí?-y, dándose vuelta, gritó- ¡Jean! ¿Dónde estás, cariño? Thea ya está aquí.
-Oh, déjalo
-Siempre es lo mismo, cuando está pintando es como si desapareciera- suspiró la joven,. Ya vendrá… ¿Qué me decías?

“Si mamá supiera…”, pensó Thea. Al parecer, Portia no era la típica esposa represora. Dio gracias por ello. Si Charlotte se hubiera casado con un hombre así, ya lo habría devuelto, catalogándolo de inútil.

-Que las cosas cambiaron un poco. Ahora son más accesibles, ¿sabes?- le contó.
-¿Bajaron de precio?-sugirió.
-No, pero han puesto planes de pago. Por ejemplo, pagas la mitad de una sola vez, y el resto en dos o tres cuotas.
-Como los electrodomésticos.
-Ahá
Se sentía rara. Le chocaba la comparación de Portia, sobretodo por su precisión. Los hombres eran como electrodomésticos. Le pareció una aberración.
-Estás ahorrando, supongo.
-Obviamente.
-¿Y tu madre qué dice a todo esto?- preguntó, con cautela.
-No lo sabe. Piensa que es para comprar un departamento.
-Oh. Me parece bien…-reflexionó.
En eso, entró Jean-Luc, limpiándose los restos de pintura de las manos. Tenía la remera llena de manchas de varios colores.

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Comenzamos nuevo capítulo... espero que les guste ;)

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