martes, 10 de abril de 2012

Cap. 2: Un trabajo nuevo para Thea IV

La jornada laboral se le hizo interminable. A eso de las tres de la tarde, se dirigió al despacho de su gerente.
-Me han comunicado que será transferida, señorita Sterling- le informó su jefa.
Tendría unos sesenta y cinco años. Su rostro severo, anguloso, daba miedo cuando algo no le agradaba y, ni hablar, cuando se enfadaba. En aquellos momentos, por suerte para Thea, solo lucía arrugado de amargura. Se había casado seis veces y la mitad de sus ex maridos no le habían durado ni los tres meses de la garantía del Mercado. El último había logrado sobrevivir y aún seguía con ella. Muchas se compadecían del santo mártir, que podía ser su hijo tranquilamente.
-Así es- asintió Thea, conteniendo la enorme sonrisa que quería estallar en su rostro-Me han hecho la oferta esta mañana. Me ha parecido un poco apresurado y por eso no s elo había comentado aún.
Su jefa ignoró lo último y, con la misma emoción que le provocaría cruzarse a un desconocido por la calle, le dijo:
-Le deseo suerte, Sterling.- y al ver que no se movía, agregó secamente- Ya puede retirarse.


-¿Cómo te ha ido?- le preguntó Megan, su compañera de escritorio.
El contraste entre el buitre disecado de hacía un momento y el rostro vital e inocente de su compañera, le provocó una sonrisa. Megan era un par de años mayor que ella, bajita y regordeta. Su cabello rubio ceniza le llegaba apenas a los hombros y enmarcaba uno de los rostros más bondadosos que Thea había visto en su vida. La extrañaría, sin duda.
-Una charla conmovedora...- respondió, enjugándose una lágrima inexistente.
-Seguramente-afirmó Megan, riendo estrepitosamente.
Luego, se detuvo en seco, la miró a su querida amiga y la abrazó con fuerza.
-Te voy a extrañar taaaanto, Theaaa-y hundió su rostro en el hombro de la joven.
The le respondió acariciando su espalda, intentado tranquilizarla, con poco éxito.
-No es para tanto, Meg, vamos a seguir viéndonos... –la separó de sí, para mirarle la cara.
Se sintió bastante mal al ver que lloraba. No pensó que fuera para tanto, pero había olvidado lo sentimental que era aquella mujer.
-No lo sé... quizás te olvides de mí y... y...
-Sabremos hacernos un hueco en la agenda para tomar un café-y le guiñó el ojo.- Quizás uno que prepare el esposo que me compraré con lo que gane en mi nuevo trabajo.
-¡Wow! No pensé que fuera tan bueno...-abrió mucho los ojos, con admiración, y agregó suplicante: - Y, dime, Thea, ¿no podrás encontrar un lugarcito para tu amiga?
Thea sonrió y negó con la cabeza.
-Todavía no empecé, así que no podría decírtelo. Pero si sé de algo, te lo diré.

Esa misma tarde, Thea se dirigió a la famosa Escuela de Hombres, llena de optimismo y ansiedad. Caminó las quince cuadras que la separaban de la estación de subterráneo casi sin notarlo. Flotaba mientras especulaba acerca de lo que haría con el sobrante de sus ingresos.
Llegó a las puertas del muro que rodeaba la Escuela. Era gigantesca: la pared rodeaba un terreno de seis hectáreas. Lo único que se veía desde la calle era una torre de diez pisos, con el emblema de la Escuela. Era bastante elocuente: era un hombre sosteniendo sobre su espalda al mundo, dentro del cual había un monograma de una E y una H. La joven se lo quedó mirando absorta unos minutos, totalmente perdida en sus pensamientos. Tocó el timbre del portero eléctrico. Dio su nombre y una agente de la Polifem le abrió la puerta. Le indicó el camino. Thea la escuchó apenas, distraída con lo que veían sus ojos.
Era imponente. Impresionante. Unos jardines espléndidos, cuidadosamente arreglados, servían de marco a cuatro edificios. Tres de ellos, más anchos que altos, eran tan sólo de cuatro plantas. Formaban una U cuadrada. Exactamente en el centro, estaba la torre. Frente a ella, dos fuentes gemelas manaban agua, desde estatuas de diosas griegas. El acceso al edificio, de estilo moderno, era por medio de amplias puertas de vidrio, que se corrían automáticamente. El logo también estaba grabado en ellas.
Sintiéndose diminuta, Thea aferró la correa de su cartera y caminó hacia la torre con toda la determinación que fue capaz. Las puertas se abrieron a su paso. Detrás de un amplio escritorio de piedra pulida, había tres recepcionistas. Todas tenían un auricular en la oreja y un micrófono fino y negro a la altura de su mejilla, y miraban en cualquier dirección, menos en la que se encontraba Thea. Cuando se acercó a la del centro, se aclaró la garganta. La mujer le hizo una seña de que esperara un segundo. Cortó la comunicación y le preguntó a Thea qué necesitaba.
-Décimo piso, los letreros la guiarán.-le indicó.
-Gracias.-le dijo sonriente.
-El ascensor está por allí.-agregó, señalando su derecha.
Ese edificio realmente la hacía sentir la dueña del mundo. El ascensor iba por fuera del edificio. Tenía paredes acristaladas, para que la gloriosa ocupante de turno observara con orgullo sus dominios. ¡Y qué dominios! Desde lo alto, se veía la totalidad del predio, una isla de cemento rodeada de verde. Pudo divisar el campo de deportes lleno de hormigas azules. Se preguntó si sus hermanos estarían allí también. Sus pensamientos se desviaron fugazmente y “Stephen” se apareció en su mente. Se preguntó si también él estaría allí.

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Si, mis queridas... Volví
Espero que les guste. No prometo nada... pero sepan que mi intención es actualizar más seguido.

Gracias por su paciencia y por no haberme secuestrado


Marce

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